Danza tu vida

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miércoles, 16 de julio de 2014

MI HIJA ES HIPERACTIVA, ¿QUIÉN ME AYUDA?

MI HIJA ES HIPERACTIVA, ¿QUIÉN ME AYUDA?

Detrás de un niño con problemas hay casi siempre una familia angustiada.
“Mi hija ha sido diagnosticada con un TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad). Tiene también retraso del lenguaje y dificultad para memorizar contenidos curriculares básicos como, por ejemplo, las tablas de multiplicar”, me dice una madre preocupada.
Primero escucho con atención. Nunca hay sólo escenario de conflicto. Siempre hay varios focos de malestar y es importante detectarlos para abordar el problema desde varias posiciones.
Una niña movida que no está a la altura de lo que el sistema educativo espera de ella o a la que le cuesta articular bien algunas palabras no es una situación problemática en sí misma. La fuente de desasosiego aparece cuando se compara a la niña con los demás críos de su edad y se asume que “no da la talla” según los estándares marcados. Al no aceptar a la niña tal y como es surge inevitablemente la “exigencia de hacerla igual o parecida a los otros” por parte de las personas involucradas en su educación. Al mismo tiempo que la exigencia, pensamientos del tipo “¿Lo estaremos haciendo bien?” “¿Nos está tomando el pelo”, ” Puede pero no quiere, es muy vaga”, empiezan a poblar la cabeza de los adultos responsables de su “educación”.
¿A dónde nos conduce este planteamiento?
-          Se dirige toda la atención hacia lo que la criatura no puede hacer, olvidando los muchos otros talentos e inteligencias que posee. Como consecuencia, el niño va viendo disminuido su valor como persona, el cual es intrínseco a su condición de ser humano y no tiene nada que ver con lo que sabe o no sabe hacer. No se aprecia a sí mismo, no se quiere, se compara con los demás limitando sus propias capacidades. Puede llegar a desarrollar conductas disruptivas para llamar la atención y ser alguien en el aula o en casa. Una niña o un niño llamados a vivir su infancia despreocupada y juguetonamente acaban inmersos en una pesadilla en la que se les presiona y se les pide algo que no pueden dar. Se genera mucha culpa, miedo, ansiedad, autodesprecio…

-          Los adultos presentes – tanto familiares como profesionales de la educación-  saben, en lo más profundo de su corazón que algo no va bien, pero la educación recibida, la presión social y escolar no permiten conectar con esa sabiduría interior. Unos lo sienten con más fuerza que otros, pero en conjunto, se vive como una disonancia cognitiva. ¿Qué quiere decir esto? No estoy actuando en consonancia con lo que siento y pienso. Sentir, pensar y hacer van por diferentes caminos. Esto crea al adulto una profunda infelicidad, un sentimiento de culpabilidad que se transmite al niño de diversas maneras. Acabamos castigando al pequeño porque nos sentimos mal. En un ambiente de paz y armonía realmente no hace falta ningún castigo. Una vez que se reflexiona sobre las normas de convivencia y se dialoga sobre los conflictos tantas veces como sea necesario, las consecuencias de nuestras acciones nos enseñan todo lo que necesitamos saber.

¿Qué podemos hacer los adultos?

-          Soltar las exigencias, renunciar a tener el control, aceptar la situación tal y como es. Respirar profundamente y relajarnos.

-          Hacer consciente al niño o niña de su enorme e infinito valor como persona, independientemente de sus capacidades o discapacidades. Todos tenemos múltiples inteligencias, somos buenos en unas cosas y en otras no, y eso está perfectamente bien. Nuestro valor personal no depende de eso. Todos somos especiales y las comparaciones sobran. Hacemos las cosas lo mejor que podemos.

-          No utilizar el refuerzo positivo ni el castigo como instrumentos para controlar. Mostrar aprecio genuino por lo que hace, dice, piensa el niño o la niña si así se siente. Si no, estamos educando para que ellos busquen constantemente la aceptación y el amor de los demás. “Si hago esto o digo aquello me querrán”. Eso no es educar para la libertad o la felicidad. El valor de las demás personas no depende de que a mí me guste o disguste lo que hacen.

-          Potenciar y valorar lo que el niño sabe, quiere y se le da bien hacer.

-          Asumir nuestros propios errores y los de los demás como parte del juego de la vida e incorporarlos a nuestro currículum para aprender a hacer las cosas mejor. La culpabilidad es inútil y sólo lleva al malestar propio y ajeno. Deshaceos de la culpabilidad.

-          Proporcionar instrumentos para superar las áreas de dificultad de una manera más lúdica. Hay calculadoras, ordenadores, música, canciones, etc. Si nos quedamos detenidos en las tablas nos perdemos una infinidad de conocimientos que pueden ser un puente hacia lo que más cuesta. Si los libros no atraen, se puede hacer un karaoke y leer canciones de moda hasta aprenderlas de memoria. En la tele se pueden ver los dibujos animados en inglés. En fin, en el momento en que los adultos se relajen, se les ocurrirán infinitas posibilidades mucho más divertidas que machacar a los niños con un sinfín de fichas aburridas.


-          Ampliar nuestro propio mapa mental y el de los peques. ¿Cómo? Mirando la realidad desde distintos puntos de vista, relativizando, aprendiendo cómo se hacen las cosas en otros sitios, observando - sin juzgar - el comportamiento propio y ajeno… En fin, tomándonos un poco menos en serio y aprovechando todos los momentos que podamos para jugar y reír. Por ellos y por nosotros. Adultos que creen en sí mismos  y que se valoran  son el mejor ejemplo y estímulo para un niño o niña con problemas.  ¡La felicidad es contagiosa! ¿A qué esperas? 

  Escrito por María