Danza tu vida

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sábado, 5 de marzo de 2011

ESTRÉS Y SALUD (V). LA IMPORTANCIA DEL APOYO EXTERNO. EL CUENTO DE LAS PELUSAS CALIENTES


El cuento de las pelusas calientes
Escrito por Claude Steiner
Adaptado por María  (sin permiso del autor)


Hace mucho tiempo, en un rincón del mundo que es ahora difícil encontrar en los mapas, vivía una comunidad de personas felices. En aquellos dichosos días se les regalaba a todos, nada más nacer, una pequeña y suave bolsa de pelusa. Cada vez que una persona metía la mano en su bolsa podía sacar una pelusa calentita que podía utilizar y regalar a quien quisiera. Cuando alguien recibía una, ésta le hacía sentirse muy contento y abrigado. Si alguien olvidaba utilizar su bolsa de pelusa y no recibía pelusas con regularidad, corría el peligro de contraer un enfermedad  e incluso de morir.

Obtener pelusas calientes era muy fácil. Cualquiera podía ir al encuentro de otra persona y decirle: “Me gustaría recibir una pelusa caliente”. Entonces esa persona metía la mano en su bolsa y sacaba una pelusa del tamaño de una niñita. Con la luz del día la pelusa sonreía y florecía, transformándose en una pelusa caliente amplia y acogedora. La pelusa se colocaba encima del hombro, la cabeza o las piernas y se acomodaba perfectamente, deshaciéndose contra la piel al tiempo que desprendía calor y alegría. La gente siempre se estaba pidiendo mutuamente pelusas calientes y, puesto que eran gratis, no había problemas para conseguir suficientes. Al haber para todos, las personas se sentían muy cómodas y abrigadas la mayor parte del tiempo.

Pero un día un mercader procedente de lejanas tierras llegó hasta este pequeño rincón del planeta y se extrañó mucho de que la gente repartiera así como así algo que parecía tan valioso e importante. Así que se dedicó a sembrar la duda y el desconcierto entre los habitantes de éste cálido lugar. Primero se acercó a las parejas jóvenes para advertirles de que si gastaban sus pelusas con extraños  no tendrían  el uno para el otro. Luego acudió a los parques y a las calles donde jugaban los niños y les aconsejó que ahorraran sus pelusas para la vejez, o se las tendrían que ver con el duro invierno. Más tarde se encontró con los gobernantes, con los maestros, con los encargados de mantener la ciudad en orden  y les enseñó cómo guardar las pelusas calientes en bancos y cajas de ahorros para que produjesen más y estuviesen a salvo de ladrones y estafadores.

Así, poco a poco, la gente comenzó a protestar cuando les pedían pelusas calientes y se excusaban diciendo que no tenían bastantes para ellos mismos o sus familias. Al cabo de un tiempo se las negaban hasta a sí mismos y a sus seres queridos, no fuera que fuesen a escasear en épocas de verdadera necesidad. Las pelusas se endurecían en el interior de las bolsas por falta de aire puro y luz y se convertían en espinas frías que arañaban la piel con sólo tocarlas. Pronto fue difícil encontrar pelusas de calidad. Mientras tanto, el mercader se dedicaba a comprar todas las que encontraba y las vendía luego a precios desorbitados. La gente que no podía comprarlas y que había perdido las suyas por falta de uso se enfermaba de pena y de frío. Los que no enfermaban se mostraban huraños  y acababan encogidos, con la cara retorcida de tanto gruñir y murmurar. Casi nadie tenía ganas de reír y todos se quejaban continuamente de la falta de generosidad de los demás. Tanto les afectó las falta de pelusas a algunas personas, que empezaron a repartir sus espinas frías, las cuales se clavaban en los oídos y en el corazón de los que las recibían.

Pero un día alguien se atrevió a mirar en su bolsa y descubrió que las pelusas calientes realmente no parecían acabarse nunca, y que cuantas más repartía más tenía. Sorprendido y emocionado, compartió el secreto con su familia y con sus amigos, y les convenció de que probasen a repartir tantas pelusas como quisieran, incluso cuando no se las pedían, porque pedirlas era algo que la gente ya había olvidado. Poco a poco, algunas personas se atrevieron a compartir sus pelusas y se alegraron al comprobar que sus bolsas de pelusas calientes aumentaban de tamaño y las pelusas mejoraban en calidad.

Todavía hoy es difícil saber a quien pedirle una pelusa caliente o a quien ofrecérsela, porque algunas personas se ofenden en una u otra situación, ya que esto es algo que ya no se aprende desde pequeños. Hay gente que  prefiere comprarlas, porque piensa que un precio elevado es garantía de una mayor calidad. Otros dicen preferir pasarse sin ellas, pero a escondidas utilizan pociones y ungüentos para darse calor y evitar enfermedades.

Si uno observa atentamente, reconocerá sin problemas a los auténticos donadores de pelusas. Caminan erguidos, sonríen sin miedo y te miran a los ojos para intentar descubrir si quizás tú necesitas una  buena, grande, acogedora y abierta pelusa caliente  a pesar, incluso, de tus espinas frías.

1 comentario:

  1. Ojalá existiesen muchas pelusas calientes, buenas y acogedoras en estos momentos en mi vida... si bien, no dejo de perder la ilusión de que algún día llegarán a mi vida... Yo, desde aqui, te envío una gran pelusa bonita, grande y muy llena de caríño.

    Un abrazo fuerte
    Maripi

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